La Guerra Constitucionalista marcó un período crítico en la historia, siendo el campo de batalla donde muchos hombres fueron posteriormente reconocidos como héroes nacionales. Entre ellos, Augusto C. Sandino es una figura emblemática; su resistencia contra las fuerzas de ocupación norteamericanas comenzó tras la firma del Pacto del Espino Negro, que demandaba la rendición de las fuerzas constitucionalistas a cambio de la promesa de elecciones supervisadas.
En este contexto de intensos enfrentamientos, diversos testimonios dan cuenta de la violencia que se vivía en el occidente del país. El historiador Selser recoge el relato de Stimson, quien describe uno de los primeros ataques en la región de Chinandega:
Uno de los primeros grupos, bajo un jefe llamado Cabulla, había atacado a la ciudad de Chinandega un par de meses antes de mi llegada [refiere Stimson] y, después de combates cruentos y desesperados, había sido rechazado por las fuerzas del gobierno, pero en el curso de los combates una gran parte de la ciudad fue destruida por el incendio. (Selser, 2004, p. 201)
Sin embargo, la historia a menudo pasa por alto a otros combatientes valientes, como el Gral. Francisco Sequeira Velásquez, conocido como Cabuya. Su zona de operaciones se ubicaba en el sector de El Viejo, Chinandega, donde jugó un papel crucial, aunque menos conocido. Este artículo busca arrojar luz sobre su contribución y asegurar que su legado no sea olvidado en el relato histórico.
Según relato de su tía, el Gral. nació a mediados de junio en Somotillo, sobre la calle el Calvario, en casa de Doña Isabela Bonilla, el 27 de junio de 1903, siendo hijo de Narciso Sequeira y Doña Ángela Velásquez.
A los 10 años, se encuentra trabajando en la ciudad del Viejo al lado de su tía paterna Alejandra Sequeira. Ingresó como mesero en la finca de don Luis F. Venerio y posteriormente en la hacienda Santa María, propiedad de los señores Novoa de Chinandega, manteniendo el mismo cargo. Poco tiempo después, se trasladó a la finca de don Gregorio Guevara, y luego a la finca San Rafael de don Antonio Novoa.
En 1925, su vida laboral lo lleva a Puerto Arturo, propiedad de don Juan de Dios Sáenz, donde asumió el cargo de mandador. Sin embargo, como suele suceder, los destinos de los hombres que están destinados a hacer historia en sus vidas toman giros inesperados para convertirse en leyendas, según la perspectiva con la que se les mire. Sequeira es buscado por las fuerzas gubernamentales (conservadores) del Crnel. Alfredo Palomares y Andrés Franco para ser reclutados. Esto marca el inicio de su odisea, enfrentando hambrunas y sed para evitar convertirse en una pieza más del ejército conservador.
Como sucede en cualquier pueblo en conflicto, las noticias se diseminan con una velocidad que supera incluso la naturaleza. En un día aparentemente ordinario, llegaron rumores de que los liberales liderados por Sediles, Vanegas, Bone y otros comandantes habían desembarcado en Cosigüina. Al reunirse con ellos, fueron derrotados por el ejército conservador. Sin embargo, el Gral. Sequeira se adentró en las montañas, marcando el inicio de su época más gloriosa como militar de la causa liberal.
Con apenas unos hombres mal equipados, Sequeira se aventuró por el camino de Cosigüina y, cerca de la Hacienda San Cayetano, se topó con una comisión del gobierno encabezada por el Crnel. Rayo. Se desató un breve enfrentamiento en el que pereció el Coronel Rayo junto a dos soldados, mientras que los demás se dieron a la fuga, abandonando algunos rifles y munición que Sequeira utilizó para armar a más liberales que se le unieron. Así formó una columna de diez hombres y se dirigieron al cerro El Huacal, donde estableció su campamento.
Este episodio resalta la astucia y valentía del Gral. Sequeira y sus hombres, quienes, a pesar de las adversidades y la escasez de recursos, lograron un triunfo significativo para su causa. La muerte del Crnel Rayo y la captura del armamento fueron eventos cruciales que demostraron la determinación y habilidad estratégica de estos soldados en su lucha.
Posteriormente, se dirige a la hacienda La Reforma con el objeto de proteger un desembarque de armamento con procedencia de el Concón, en el Golfo de Fonseca, dichas armas fueron desembarcadas, pero inexplicablemente no fueron utilizadas por los liberales, este indignado, pasó con otros a las márgenes del río Opico, donde establece una emboscada a las fuerzas comandadas por el conservador Leopoldo Astacio, Francisco Cacho, Juan Picado y Enrique Galeano con 200 hombres de caballería, estas fuerzas casi en su totalidad son aniquiladas; exploran el campo, recogen botín de guerra, como municiones y rifles. Sequeira se traslada a Cerro Grande; posteriormente pasa a la finca Argentina, propiedad de Don Leonardo Icaza, estableciendo en unas lomas cercanas su nuevo campamento, en los próximos días se dirige a la hacienda Cosigüina con unos pocos soldados.
Continúan los enfrentamientos con los conservadores en diferentes lugares, en Cosigüina, donde se encontraba, sostiene un enfrentamiento con el ejército conservador comandado por el Crnel. Cruz, causando algunas bajas, se dirige a la hacienda el Tanque en busca de armas, recoge algunas, se regresa a la hacienda Cosigüina, un correo le avisa que el Gral. Parajón lo espera en el Cerro. Cabuya hace caso omiso y se dirige al Viejo, llega temprano a los alrededores de la finca llamada el Guayabal, tiene noticias de que muchos eminentes liberales están detenidos, el 25 de diciembre, decidido a atacar la plaza para liberarlos, mujeres como Doña Maria Ulloa lo convencen del peligro que corren los presos de ser asesinados por el jefe de la plaza, Enrique Galeano, éste desiste y se marcha a reunirse con el Gral. Parajón, lucha en las Grietas con el Gral. Alfredo Noguera Gómez, quien comandaba las filas conservadoras, el 6 de febrero de 1927, ataca a Chinandega a las órdenes del Gral. Parajón; sostienen un combate intenso por hacerse de la plaza el Calvario, defendida por un ejército conservador bien atrincherado.
En los laberintos del destino, la inquina siempre acecha, lista para tejer sus oscuros hilos en los rincones más insospechados. Tal fue el caso de Cabuya, cuyo destino se entrelazó trágicamente con los designios de una violencia injusta. Su tía, con premonición, se negó a acompañarlo en su viaje a Chinandega, con una sombría advertencia que resonaba en el aire: "No iré, porque a Francisco lo espera la muerte...".
En una danza macabra de eventos, un altercado entre Juan Jarquín Palma y un soldado al servicio del Gral. Cabuya desencadenó una cadena de horrores. Los militares estadounidenses, arrogantes en su poderío y despiadados en su juicio, decidieron quién debía pagar con su vida. Fue así como, en una traición sin nombre, arrebataron la existencia de Francisco y su amada compañera, quien llevaba en su seno el fruto de su amor.
La noche, cargada de presagios funestos, los envolvió en su manto mientras la lluvia caía como lágrimas del cielo. Fue el 26 de mayo de 1927 cuando las balas estadounidenses encontraron su blanco, destrozando vidas y esperanzas. A él le arrebataron el aliento con un tiro certero en la sien derecha, mientras su pecho y su pierna derecha sucumbían bajo el fuego extranjero. A ella, valiente defensora de su derecho a la vida y a la libertad de su hijo por venir, le cercenaron la garganta con el filo helado de una bayoneta.
Así, entre el fragor de la tormenta y el eco de la tragedia, la patria lloró la pérdida de dos almas inocentes, sacrificadas en el altar de la injusticia y la crueldad humana.
Selser, G. (2004). Sandino, General de
Hombres Libres. Aldilá.
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