América se despertó aquella mañana sin saber exactamente qué se estaba celebrando. Todos sabían que era un día de celebración, todos menos América.
Habían preparado las banderas, habían repicado las campanas y alguien había pronunciado un discurso sobre la libertad. Todos sabían que era un día de celebración, todos menos América.
Habían pasado muchos años desde que las campanas anunciaron que ya no pertenecíamos a nadie, aunque todavía quedaban demasiadas puertas cerradas, demasiados nombres escritos en papeles ajenos y demasiadas voces acostumbradas a pedir permiso.
En una casona grande, con olor a geranios recién cortados, alguien había dejado abierta una ventana. Por ella entraba el ruido de la ciudad y, con él, una conversación que parecía venir de muy lejos.
En la Catedral conversaban Artemio y Pedro.
Nadie sabía si hablaban del pasado o del futuro. Artemio recordaba las heridas de un continente que había aprendido a sobrevivir entre revoluciones, presidentes y promesas. Pedro guardaba silencio, como si desde Comala hubiera traído consigo todas las voces de los muertos.
—¿Y América? —preguntó Artemio.
Pedro miró hacia la ventana.
Todavía espera.
Esperaba una carta.
El coronel también había esperado durante cien años. Esperaba una respuesta que nunca llegaba, mientras un gallo cantaba en algún lugar de la mañana y las nubes cargaban su olvido sobre los techos.
América había aprendido a esperar.
Había esperado en las plazas, en las iglesias, en las montañas y en las casas donde las mujeres hablaban en voz baja mientras los hombres discutían de política.
Había esperado en la casa grande.
Allí, Úrsula bordaba una sábana donde alguien había comenzado a escribir el futuro. Nadie sabía quién había puesto aquella palabra en el hilo: libertad.
En otra habitación, Benedicta preparaba el café.
Había llegado desde los confines del mar y conocía demasiado bien que una palabra como esa podía significar cosas diferentes dependiendo de quién la pronunciara.
La esposa del presidente sostenía un libro entre las manos.
Lo leía a escondidas.
El libro hablaba de fiebres que tenían memoria, de pueblos condenados a repetir sus propias historias y de hombres que confundían la autoridad con el derecho a decidir sobre la vida de los demás.
Ella cerró el libro cuando escuchó pasos.
En la iglesia, el padre Antonio levantó la hostia.
El presidente carraspeó.
El monaguillo Andrés bajó los ojos.
Todos lo escucharon.
Nadie dijo nada.
Afuera llovía.
Adentro, el oro del retablo parecía arder bajo la luz de las velas.
Doña Julia y Úrsula se levantaron para cumplir con el diezmo. Una moneda cayó sobre otra. Después, otra. Y otra.
El padre Andrés hablaba de la generosidad, del pecado y de la condena.
Pero en el último banco, una mujer pensaba que quizá Dios no necesitaba monedas para escuchar a los pobres.
América tampoco.
América necesitaba memoria.
Por las calles de la ciudad caminaban Caupolicán y Túpac Amaru.
No llevaban banderas.
No las necesitaban.
Habían aprendido que antes de que existieran las repúblicas, ya existían pueblos que sabían nombrar los ríos, las montañas y los caminos.
A lo lejos divisaron a la ley.
Venía de prisa.
El secretario del Presidente avanzaba vestido con pantalón y saco de casimir inglés. Su corbata estaba perfectamente planchada. Caminaba como quien conoce el poder y sabe que el poder siempre encuentra una manera de parecer respetable.
Caupolicán lo miró.
Túpac Amaru también.
Ninguno se movió.
En una cafetería cercana, Julia bebía lentamente una taza de café.
Sobre la mesa había un libro de Rubén.
Lo abrió.
Leyó.
Por un instante, el mundo dejó de ser una ciudad llena de ruido.
Fue entonces cuando Margarita comenzó a recitar:
—La princesa está triste...
Y América, que había escuchado tantas veces la tristeza de sus poetas, comprendió que también la poesía había sido una forma de resistencia.
Porque había una América de los conquistadores.
Una América de los presidentes.
Una América de los coroneles.
Una América de los curas y de los caudillos.
Pero también existía otra.
La América de los que escribían.
La América de los que esperaban.
La América de los que luchaban.
La América de quienes escondían libros debajo de la cama.
La América de las mujeres que bordaban el futuro mientras afuera los hombres discutían sobre el poder.
La América de Caupolicán.
La América de Túpac Amaru.
La América de Martí.
La América de Bolívar.
La América de Sandino.
La América de Rubén.
La América de quienes todavía no habían nacido cuando sonaron las campanas de la independencia.
Porque la independencia había llegado con sus banderas, sus proclamas y sus discursos.
Pero después de las campanas vino la pregunta.
¿Independientes de quién?
Y después de esa pregunta llegó otra:
¿Libres para qué?
Nadie respondió.
En Macondo los muertos seguían teniendo memoria.
En Comala los muertos seguían hablando.
En la Catedral todavía se conversaba.
En la ciudad todavía ladraban los perros.
El coronel todavía esperaba su carta.
Y América continuaba buscando una región donde pudiera mirarse sin que otro le dijera quién era.
Entonces Rubén levantó la mirada desde algún rincón de Nicaragua.
No dijo nada.
Simplemente escribió:
América.
Y aquella palabra pareció contener montañas, selvas, ciudades, esclavos, libertadores, campesinos, poetas, madres, soldados, niños y muertos.
Todos cabían allí.
Todos habían dejado algo.
Una palabra.
Una herida.
Una canción.
Una bandera.
Un libro.
Una memoria.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza.
El presidente salió de la iglesia.
Su esposa caminó detrás de él.
El monaguillo Andrés permaneció junto al altar.
Había visto todo.
Había escuchado todo.
Y mientras Úrsula terminaba de bordar la sábana donde se escribía el futuro, Andrés comprendió que alguien tendría que contar lo ocurrido.
Porque los pueblos que olvidan terminan viviendo nuevamente aquello que alguna vez quisieron dejar atrás.
Porque alguien tiene que recordar.
Porque América todavía espera.
No una carta.
No una bendición.
No otra promesa.
Espera que alguien le devuelva la voz.
Entonces las campanas volvieron a sonar.
Y esta vez no anunciaron una independencia.
Anunciaron una pregunta.
América levantó la cabeza.
Miró sus montañas.
Miró sus ciudades.
Miró a sus muertos.
Miró sus libros.
Y comenzó a escribir su propia historia.
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